Historias del OLEODUCTO VIVO: De Istmina (Chocó) a Santa Helena en Puerto Gaitán Meta

EDUCAR A LA ALTURA DE LOS SUEÑOS DE SUS ESTUDIANTES: EL RETO DE UNA PAREJA DE DOCENTES AFROLLANEROS

Noviembre de 2019

Jary Ojeda y Fanny Lozano Perea, los docentes de la Institución Educativa Santa Helena, que luchan porque los niños de los trabajadores migrantes permanezcan en la escuela.
Jary Ojeda y Fanny Lozano Perea, los docentes de la Institución Educativa Santa Helena, que luchan porque los niños de los trabajadores migrantes permanezcan en la escuela.

A unas trece horas de Bogotá está ubicada la sede Santa Helena de la Institución Educativa Rubiales, en Puerto Gaitán, Meta. En esta escuela rural se educan 52 niños que cursan grados que van desde prescolar hasta quinto elemental. Allí, entre el verde y los colores del llano, se mezcla la alegría de las pieles mestizas, afros e indígenas de los pequeños pues esta escuela tiene la particularidad de que muchos de los educandos son hijos de trabajadores itinerantes. La deserción inherente al hecho de que sus padres migran buscando nuevas fuentes de ingreso es una de las grandes preocupaciones de los maestros.

A las 5:30 de la mañana antes de que suene el reloj despertador, las aves y los sonidos en la sabana llaneras comienzan a anunciar la hora del inicio de la jornada para los dos maestros que viven y trabajan en la escuela, Fanny Lozano Perea y Jary Orejuela. Ellos preparan su desayuno y, de una vez, el almuerzo; se bañan y se visten y están prontos a recibir la ruta escolar que llega con los pequeños a las 7:15 de la mañana, aunque la hora puede variar dependiendo del clima.

Fanny y Jary son los docentes que acompañan el proceso de formación de estos niños. Llegaron desde Istmina, Chocó, buscando el sueño de estar juntos como familia. El camino no fue fácil.

El 24 de diciembre de 2004, Fanny envió su hoja de vida por Servientrega a la Secretaria de Educación del Meta. Después de casi tres años de no haberse podido ubicar en el Chocó o en algún lugar más cercano, comenzó a buscar oportunidad en otras tierras; para ese momento ella y su pareja ya tenían un hijo y el tiempo no les daba mucha espera.

En enero la llamaron a presentarse e inmediatamente comenzó a trabajar. Tuvo que dejar a su esposo y a su pequeño en el Istmina, comunicándose sólo esporádicamente con ellos cuando lograba señal en su celular, cada vez que lograba llegar al pueblo. Era imposible seguir así y tuvo que volver a casa.

En el 2008, decididos a estar juntos, resolvieron regresar al Meta a cumplir su sueño. Fuanny trabajaba en una escuela en la Macarena y Jary se desempeñaba también como maestro ¡pero de construcción!

Es entonces cuando surge la gran oportunidad para Jary: en la zona en la que estaba ubicada la Institución Educativa en la que enseñaba Fanny, se estaba ofreciendo a los bachilleres de la región, la oportunidad de ser profesores. Sin pensarlo dos veces Jary tomó esa alternativa. Juntos comenzaron a estudiar; mientras él terminaba la Normal, ella terminaba la universidad, así juntos se prepararon para continuar con la tarea de educar.

Con felicidad esta pareja recuerda su llegada a Santa Helena un 13 de mayo. Allí, acompañados de sus dos hijos, decidieron asumir el reto de liderar esta institución. Desde entonces ya han pasado un poco más de tres años y aunque los únicos vecinos cercanos son los que van a la caseta comunal que queda diagonal a su vivienda, no se sienten solos.

Gracias a su trabajo y los proyectos que desarrollan en conjunto han logrado destacarse a nivel departamental por gestión. La dotación lúdica de sus aulas, la conectividad a internet que han logrado, tener el programa de Jornadas Complementarias, que hoy tienen con el apoyo de la Fundación Oleoducto Vivo, de ODL-Bicentenario, les ha permitido fortalecer diferentes ámbitos del proceso formativo y muy especialmente el arraigo y la identidad de la cultura llanera entre sus estudiantes. Porque Jornadas Complementarias, programa de la línea de fortalecimiento a la calidad de la educación básica de OLEODUCTO VIVO, abre nuevos horizontes a los niños que sueñan con realizarse algún día como instructores de deportes, música o danza, o que, en todo caso, -cualquiera sea la profesión u oficio que luego elijan-reciben actividades que de otra forma no llegarían a la escuela.

“Estas actividades -afirman los maestros- despiertan en los niños la creatividad y el ánimo de seguir adelante. El poder ejecutar lo que aprenden en otros campos, los lleva a esmerarse, motivación que muy seguramente hará que, en un futuro, no solamente puedan poner en práctica lo que aprendieron, sino que lleven la certeza de que pueden proponerse metas y realizarlas”.

Estos docentes contagian su alegría y se consideran afrollaneros. Con sus ritmos que aún tienen las cadencias chocoanas, participaron a la par de sus estudiantes en el joropódromo que se realizó el 17 de octubre en el caserío El Oasis. Con la voz emocionada nos explicaron cómo esta actividad era -para algunos de sus estudiantes indígenas- la primera oportunidad que tenían de salir de su territorio y conocer un centro poblado. La música y la danza son elementos que reúnen y crean lazos mágicos y nos revelan un país y unos rincones que parecieran no existir en el mapa, pero que es en realidad un mundo lleno de nuevas puertas, que se abren con el poder de la cultura y el arte.

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